El triángulo, una forma perfecta en literatura

El triángulo amoroso siempre ha sido una fórmula de éxito en la literatura. Anna, Karenin y Vronsky en Anna Karenina, de Tolstoi; Ginebra, Arturo y Lancelot en la saga del Rey Arturo; Ana Ozores, Víctor Quintanar y Álvaro de Mesía en La Regenta; Constance, Clifford y Mellors en El amante de Lady Chatterley, y así un largo etcétera.

Hay una novela que aborda con maestría el tema del triángulo. Es La mujer justa, del magnífico Sándor Márai. No sólo narra el apasionante triángulo del que son vértices los esposos Marika y Péter y la amante, Judit, sino que les hace hablar a ellos directamente, en cada una de las tres partes del libro. Esto permite descubrir, no sólo los sentimientos de cada uno, sino como cada persona reinterpreta los acontecimientos de su vida en función del filtro de sus sentimientos, su carácter y su posición en la historia.

Márai fue un escritor excepcional, y la profundidad de la que dota a sus personajes es increíble. He leído algún comentario diciendo que el libro es denso. Bueno, no es lectura de evasión, pero no tiene nada de aburrido. Al contrario, recuerdo haberlo devorado y disfrutado mucho, como demuestra que tengo señaladas al menos una de cada diez páginas.

Hay ejemplos mucho más recientes de triángulos, y algunos se han adaptado admirablemente a los nuevos tiempos. Uno de ellos es Contra el viento del norte, de Daniel Glattauer. El libro adopta una de las formas clásicas de la literatura, el género epistolar, pero pasado por el tamiz de la modernidad: Emmi y Leo no se cartean, se escriben e-mails. Es divertido, fresco y está bien escrito. Me parece mejor la primera parte que su continuación, Cada siete olas, pero si leéis la primera, no podréis prescindir de la segunda.

Que las relaciones a tres han sido, son y serán (en la literatura, el cine y la vida) queda claro. La búsqueda de segundas oportunidades, las ganas de repetir la descarga de emociones que se da en los primeros tiempos del enamoramiento (y en el inicio de la atracción sexual) son inherentes al ser humano.

Y, en el caso de la literatura, donde sin conflicto no hay acción, ¿qué mejor desencadenante que darle a alguien a elegir entre dos extremos?

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