El Chino también era un barrio

“El Chino” era el nombre por el que se conocía al barrio del Raval, en Barcelona, al que también se llamó distrito V. Ése, Districte V, es el título del libro que recoge los ganadores y finalistas del concurso de relatos con el mismo nombre. Lo ha publicado la editorial Montflorit, y son cuentos (micro y más extensos, unos en catalán y otros en castellano) inspirados en ese multiétnico lugar que es y ha sido siempre el Raval.Aunque no cobro derechos de autor : – ) os recomiendo el libro, porque hay relatos de mucha calidad. Lo podéis encontrar en librerías como Laie, La Central del Raval o Catalònia (al menos, se podía encontrar cuando se publicó, hace un tiempo, y cuando yo publiqué esta entrada en mi anterior blog, que ahora recupero en éste). Mi microcuento, Chan, os lo adelanto aquí, por si os apetece leerlo:

EL CHINO. Había una vez un chino llamado Chan que llegó a Barcelona en los años 50. Había aprendido español leyendo una edición bilingüe de El Quijote, así que su castellano era un poco arcaico, pero florido. Si sus padres no hubiesen muerto siendo él aún joven, jamás habría abandonado su mísero pueblo pues, como era costumbre, hubiese querido ocuparse de ellos en la vejez. Viéndose solo en el mundo, Chan cargó la vieja maleta de cartón familiar con pañuelos de colores, platos, varillas y otros útiles de magia. Se los había visto usar al mago del circo ambulante que recalaba cada dos años en la zona. Dedicó el largo viaje en barco a perfeccionar los trucos con los que esperaba ganarse la vida, teniendo a marinos y pasaje como público fiel. Arribaron a Barcelona una hermosa mañana de primavera, y alguien le aconsejó que se instalara cerca del puerto, “en el Barrio Chino”, le dijeron. Feliz ante la idea de encontrarse con compatriotas, aceptó gustoso, y buscó una pensión. Tampoco le fue difícil encontrar un lugar donde mostrar su arte, ya que el barrio –casi tan pobre como su villa natal, aunque mucho más alegre – era un hervidero de locales en los que ahogar las penas y apurar la vida.En su segunda noche de actuación, la conoció. Lola era una andaluza de rompe y rasga que entró de camarera en el local donde actuaba Chan. El arrojo que le faltaba a él fuera del escenario lo tenía todo ella, así que una semana más tarde el chino ya había hecho desaparecer la ropa de Lola. Y ella, también maga, había hecho desaparecer la virginidad del oriental.Con el tiempo, compraron el local, tuvieron hijos y fueron testigos de los primeros achaques propios y del compañero. Pese a ser chino y andaluza, el pa amb tomàquet nunca faltó en la carta, Chan tuvo carné del Barça y la Blanca Paloma y la Moreneta compartieron altar en la habitación de Lola. Mucho antes de eso, Chan le confesó a su mujer: “Creo que me he confundido. En este barrio no hay chinos, ¿verdad?”. Y mirándole a los ojos, Lola le contestó, “ninguna, excepto tú y el que ya viene en camino”. Y colorín colorado, este cuento (¿chino?) se ha acabado. (23.12.2008).

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