Recordando a Sara y a Antonia

Sara_Montiel_EntrevistaCuando hace poco más de un mes falleció Antonia Abad -Sara Montiel para la mayoría-, recordé la entrevista que le hice casi justo 21 años atrás: el 5 de abril de 1992, en el Diari de Tarragona. Era una de mis primeras entrevistas, y estaba preparada para enfrentarme al mito. Una cosa que nos sucede a la mayoría de los periodistas es que, incluso los tímidos como yo, aparcamos la vergüenza cuando estamos trabajando (por fortuna), y nos atrevemos a plantearles un cuestionario a todo tipo de personas; también a aquellas a las que nos daría pudor pedirles un autógrafo, o incluso saludarlas al cruzárnoslas por casualidad (como me pasó, por ejemplo, la vez que coincidí con Montserrat Caballé en un ascensor; pero esa es otra historia). Sin embargo, no pude entrevistarla en persona. Cuando acudí a su casa para hacerlo (entonces grababa un programa para TVE Catalunya y vivía en un piso en la zona alta de Barcelona) me abrió la puerta un asistente que me dijo que Sara no estaba arreglada como a ella le gustaba para recibir visitas o ser fotografiada. Me entregaron el cuestionario contestado a máquina. Extenso y, así me lo pareció, sincero.

Así que no pude ver a ese bellezón tremendo que era y que, estoy segura, seguía siendo aunque entonces ya tuviese 64 años. Sí conocí a su marido, unos días antes, en la grabación de “Ven al Paralelo”. Un hombre encantador, muy cercano, y que, según explicaba Sara en la entrevista, le había aportado estabilidad. Como ella escribió en aquel cuestionario “Cuando el amor llega a los cuarenta años no hay que dudar que es el verdadero amor”. Años después hablaría de Severo Ochoa como el hombre de su vida. Tal vez sí, pero puede que ahí interviniera la mitificación que solemos hacer de las pasiones cortas, donde hay mucho más espacio para adornar el recuerdo que vida compartida.

Me sorprendieron muchas cosas de las que me explicó. Como que no aprendió a leer y escribir hasta los 22 años, por intermediación del poeta León Felipe. “En aquella época no era como ahora que hay colegios públicos y la enseñanza es obligatoria. Antes sólo tenían derecho a aprender los ricos”, contaba. Así pues, llegó todo lo lejos que lo hizo (a Hollywood, a concitar la admiración de miles de personas, algunas entre las más influyentes de la época, a ser nuestra primera gran estrella internacional…) únicamente con su belleza, su talento y su intuición para tirar adelante, y para tomar en cada momento las decisiones adecuadas para su carrera.

También aseguraba que la fama nunca se le subió a la cabeza, que no se olvidó de que era Antonia además de Sara. Me parece un buen ejemplo cuando tanta gente hoy pierde el norte si consigue sus cinco minutos de fama. Llevó siempre con orgullo sus orígenes humildes y se puso el mundo por montera tantas veces como lo creyó necesario. ¿Le pesó tanta belleza? En la entrevista respondió que a algunos les costaba ver a la actriz que había detrás de la sensualidad. Era tan guapa que hubiera sido absurdo que echase mano de falsa modestia. Nunca lo hizo, pero tampoco explicaba sus romances y las pasiones que despertó de forma presuntuosa. Simplemente, contaba su vida, tal cual. A mí me sigue conmoviendo ver sus fotos y películas. Me parece estúpido intentar reducir a una mujer (o a un hombre) sólo a un físico. Pero igual de bobo me parece negar que hay rostros y cuerpos que, cuando los contemplas, detienen el mundo por un instante. Y a veces va tan rápido, que se agradece.

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