Josep Maria Castellet: la dolorosa lucidez

Hay personas que, aunque no lo parezca, son muy similares. Porque a los seres humanos Josep-Maria-Castelletnos hace nuestra historia, los momentos que nos marcan para siempre. Me ha sorprendido mucho leer estos días, tras la muerte del editor, escritor y crítico literario, saber que Josep Maria Castellet y mi abuela, Encarnación Fuentes, compartían una anécdota vital que no les abandonó nunca: ambos vieron, sin entender el porqué y lamentándolo, como unos milicianos saqueaban las imágenes de una iglesia. Mi abuela me contó que guardó la cabeza de un San Antonio escondida en su casa, creeo que bajo una baldosa, pese al peligro que aquello podía suponer. Tenía 12 años. Más o menos esa edad debía tener Castellet porque eran coetáneos.

En una entrevista que Víctor-M. Amela le hizo en La Vanguardia hace casi 6 años, el escritor decía cosas tan lúcidas, y tan dolorosas, como la siguiente:

Todo lo que hacemos no son más que tenta-
tivas de evasión de la realidad. A unos nos
ha dado por la cultura. A otros, por el sexo,
la droga, el alcohol o lo que sea. O por todo
a la vez, como a mi amigo Ferrater… ¡Da
igual! Son pequeñas satisfacciones, refugios
ante lo inclemente que es la vida.

Mi abuela siempre decía que su problema es que veía “hasta lo transpuesto”. Es decir, se daba cuenta de las cosas, leía en las intenciones de la gente, no siempre buenas. Era una persona maravillosa, que cuando reía lo hacía con tantas ganas como sólo ríe la gente que no estalla fácilmente en carcajadas. Pero siempre tuve la impresión de que el balance que realizaba de su vida, de la vida en general, era demasiado apegado a la realidad como para que se saldara en positivo.

El optimismo y el pesimismo son actitudes vitales. Creo que vienen de serie. No tengo claro que los esfuerzos por ver el vaso medio lleno de los que siempre sienten que están a punto de verle el fondo puedan fructificar. En cualquier caso, de las personas lúcidas siempre se puede aprender. Yo aprendí mucho de mi abuela, y la quería con locura. Fue un ejemplo de vida en muchas cosas. Siempre intenté que mirara el vaso desde mi punto de vista. Seguramente no lo logré. Pero sí compartimos muchos momentos de conexión profunda.

Ella también amaba la cultura, aunque no tuvo posibilidades de formarse. Una de las personas que más me nombró a lo largo de los años fue a su maestra, Doña Josefa, que murió joven. Y, ya muy mayor, aún podía recitar los poemas que la mujer les enseñaba en clase. Fui la primera persona de mi familia que estudió en la universidad, y sé que estaba orgullosa de ello. Yaya, se ha ido una persona con la que te hubieras entendido bien. Él también veía un poco más allá que casi todos los demás.

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2 pensamientos en “Josep Maria Castellet: la dolorosa lucidez

    • ¡Gracias guapa! Las historias donde aparece alguien cercano a mí, en este caso mi abuela, suelen quedarme muy emotivas. Como me dijo una vez un profesor de escritura, en esos cuentos “sientes que a los personajes los tocas con las manos”. Supongo que es así porque son reales. Como le aconsejaron a Jo en la película Mujercitas “escribe de lo que conoces” ; )

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