Todos somos para alguien, en algún lugar, un 20-01

un-trozo-invisible-de-este-mundoNo da tregua. O sí, no seamos injustos. Hay momentos para la risa, pero a menudo se te congela al escuchar la siguiente frase de Juan Diego Botto, o de la también estupenda Astrid Jones (ahí sí que no; en la historia Carta al hijo, basada en un hecho real acaecido en el CIE de Aluche, sólo pone algo de paz la canción que entona la actriz). Y es que Un trozo invisible de este mundo son cinco historias escritas por Botto sacadas de anécdotas propias o prestadas, pero reales, seguramente estiradas como chicle para ficcionarlas (esa frase de Juan Bonilla que leí una vez y tanto me gusta), pero reales muchas de ellas.

En la primera, Arquímedes, un tipo nos explica que el racismo no es racismo, sólo es vocación de mantener el orden del mundo. El problema está en quién decide que ese es el orden adecuado. Y que a cada uno nos suele parecer que las cosas se ordenan bien cuando caemos del lado bueno de la línea que separa el orden del caos.

Por ejemplo, en Locutorio, es fácil empatizar con un inmigrante argentino que lleva seis años en España, lejos de su mujer y de su hijo, y que intenta mantener el tipo y las esperanzas mientras ve que sus sueños se le escapan de las manos. Y también le entendemos cuando, rabioso, le grita “china de mierda” a una mujer que grita en otro teléfono haciendo difícil su conversación. Y lo hace pese a que, con toda seguridad, sabe que alguien también le llama o “le piensa” como un “argentino de mierda”.

En Carta al hijo nos enseñan cosas que también los espectadores sabemos. Que un Centro de Internamiento de Extranjeros y una cárcel se parecen demasiado. Con la salvedad, importantísima, de que no hace falta haber cometido ningún delito para entrar en el primero. Y que el miedo paraliza. Y que el rico se aprovecha a menudo del pobre. Y a veces el pobre del pobre, o del más pobre aún. Y de que a veces las cosas acaban mal, aunque pongas todo tu empeño en enderazarlas.

Turquito habla de la debilidad, de qué es ser un hombre, una persona. También de los héroes. De las situaciones tristes en que puede colocarte la vida. De que es fácil juzgar a los demás. De estrategias de supervivencia. De que vengan y te arranquen de cuajo todo lo bueno que tuviste. De normalizar lo que no debería ser normal, lo que no lo es. Aunque como decía el padre de una amiga, “cómo no va a ser si es”. De la ruleta rusa en la que a veces te toca perder sin haberte ofrecido a jugar. O sí, pero sentías que jugabas con blancas, y creíste que esa ventaja serviría para que la partida acabase en un resultado justo.

Y la apoteosis final: El privilegio de ser perro. La importancia de un papel, de los papeles. La superioridad que creemos que nos da el mirar los toros desde la barrera. El juzgar desde ahí y creer que somos ecuánimes, justos. Otra vez la justicia, y el estar situado a un lado o a otro. Seguramente no salgamos de la obra siendo mejores personas. Pero a lo mejor sí mirando de otro modo. ¿Y si un cambio de perspectiva en muchas miradas pudiese provocar pequeños cambios en la realidad que dieran paso, a su vez, a cambios más grandes? Por si existe ese posibilidad, no dejéis de ver Un trozo invisible de este mundo. Aunque sólo sea para recordar que todos somos para alguien, en algún lugar, un 20-01. Gracias Juan Diego Botto; gracias Astrid Jones; gracias Sergio Peris-Mencheta. Gracias. Y toda la suerte del mundo en los premios Max.

 

 

 

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