Navidades de antes, Navidades de ahora

Pesebre, portal de belénSiempre me ha gustado la Navidad, también antes de tener a mi hija, aunque reconozco que cuando vuelve a haber niños en una familia, las fiestas recuperan su magia. Aún recuerdo la ilusión con que mi hermana y yo, de bien pequeñas, utilizamos por primera vez nuestros ahorrillos para comprar un regalo a cada miembro de nuestra familia: padres, abuelos y tíos. Si no me falla la memoria, el primer regalo para mi abuela Encarna fue un niño Jesús de cerámica, que tuvo durante años en su mesita de noche.

También me ha gustado siempre regalar. Y reunirnos. Recuerdo las partidas de cartas o de dominó en las que los mayores me dejaban participar, y me prestaban unos cuantos duros para apostar. Hay muchas costumbres de hace unas décadas que ahora estarían muy mal vistas. Aviso que me lo pasaba muy bien, no tenía mal perder y no me he convertido en una ludópata, pero ahora sería impensable jugar con dinero en una celebración familiar.

Los regalos de la mañana de Reyes. Veo, como si fuera hoy, una muñeca, sin marca conocida, que se llamaba Carmen, como yo. Y una lavadora de juguete. Lo que ahora llaman “juego simbólico” (también se consideraría un regalo sexista; no tengo hermanos varones, así que yo no noté discriminación ni que me marcaran ningún camino). Mis padres los escondieron bajo su cama, y nos animaron a buscarlos por toda la casa. Ya digo, lo recuerdo como si hubieran pasado sólo unos meses.

Dicen que hoy nuestros niños tienen tantos juguetes que no disfrutan igual. Siempre hemos intentado ser comedidos con los regalos de nuestra hija. Aún así, es cierto que tiene más que nosotros, o al menos algo más caros. Pero yo la veo disfrutar las fiestas tanto como las disfrutaba yo. Le encanta decorar, y cualquier celebración (la castañada, Navidad, su cumpleaños…) le parece una buena excusa para ponerse manos a la obra. Desde que nació no he podido optar por árboles ni belenes elegantes, pero lo prefiero así. Aún recuerdo cuando, con dos añitos, plantó a los patitos de goma del baño delante del portal. Y en el árbol, cuantas más bolas y más brillantes, mejor. No será minimalista, pero disfrutamos decorando en familia.

Y la ilusión no cambia. Poner los zapatos en el balcón, dejar agua y polvorones para los Reyes y los camellos. Comernos de madrugada las mandarinas que el Tió no ha tenido fuerzas para acabarse… Hace unos años, Sara se lamentaba amargamente, un 13 de noviembre, de que hacía “mucho tiempo” que no celebrábamos la Navidad. Hubo que explicarle que tenía fecha fija, y que sólo tocaba una vez al año. También nos reímos con su sabiduría de niña cuando, al describir a los personajes del belén no tuvo dudas en que la Virgen era “la madre” y a la lavandera la definió como “una ciudadana”.

Pese a que acabo rendida todos los 25 de diciembre, en que me toca cocinar para doce personas, el ver que la tarde se alarga y la gente no tiene ganas de irse, sigue haciéndome sentir feliz. Y muy, muy afortunada. ¡Feliz Navidad!

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