Carmen también se hace selfies

Carmen, Liceu 2015El pasado miércoles vi mi primera ópera. Supongo que esto basta para dejar claro que ésta no es una crítica especializada. Tuve suerte por partida doble: porque compartí con mi madre unas estupendas y gratuitas localidades en el Gran Teatre del Liceu (me tocaron en un sorteo) y porque la ópera era ‘Carmen’, de Bizet. Creo que es una buena partitura para estrenarse. Varios de los pasajes ya los conocía (y me gustaban), y me da la impresión de que es una obra hasta cierto punto asequible a principiantes.

La invitación era para el ensayo general, pero la obra ha rodado tanto (la han visto más de 500.000 personas) que no tuvieron que interrumpirla ni una sola vez. El reparto me pareció magnífico. Me sorprendió la sensualidad de Carmen, la mezzosoprano Béatrice Uria-Monzon, y lo bien que encajaba en el personaje. Supongo que me había quedado con la imagen de grandes cantantes con voces prodigiosas pero con físicos alejados del que se les suponía a los personajes que interpretaban.

También me sorprendió, y me gustó, ver que hoy en día los cantantes son también actores. Que Calixto Bieito (imagino que también otros directores actuales) hacen que la puesta en escena se equilibre con la música (la dirección musical estaba a cargo de Ainars Rubikis). Que la interpretación, la gestualidad, los movimientos refuercen la obra. Y no, a mí no me molestó (quizás en algún momento sí me distrajo un poco) que ‘Carmen’ se hiciera un selfie, o que se quitara las bragas bajo la falda para tener sexo con Don José (Nikolai Schukoff). Incluso creo que me la hizo más cercana.

Carmen, Liceu 2015-2Me quedé con ganas de más. Porque el Liceu es precioso. Porque impresiona estar ante un escenario en el que caben cinco automóviles. Porque es un lujo que la música de la orquesta y las voces de los cantantes suenen tan bien, tan en el tono justo, que parece mentira que esté pasando allí, en directo. Sin entrar en disquisiciones que no domino sobre las capacidades técnicas de los cantantes, sí diré que me gustaron mucho. Especialmente Escamillo, el barítono Massimo Cavalletti. También impresionante el coro. Mientras los escuchaba, recordaba sus protestas por los recortes de plantilla y sueldo.

Aún así, no me emocioné. Disfruté pero no me emocioné. No al nivel que lo hice hace años con Los miserables o con Cabaret. No sé si fue cosa de la obra, cosa mía o es que para apreciar la ópera en toda su grandeza hace falta acostumbrar el oído. Intentaré repetir.

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