¡Bien! Mi hija lee

SecretKingdom-portadaEsta semana mi hija de nueve años me ha dicho dos de aquellas frases que hacen que una madre tenga ganas de saltar de alegría: “Me he vuelto adicta a la lectura” y “cuando leo siento que estoy dentro de la historia”. No sé cómo ha pasado exactamente, cómo ha sido el proceso por el que le ha encontrado la magia a los libros. Hasta hace poco, teníamos que imponerle la lectura, no era una actividad voluntaria (o, cuando lo era, la sesión lectora duraba muy poco).

Imagino que las pequeñas estrategias aplicadas durante todos estos años han ido calando. En casa hay muchos libros, a su padre y a mí nos ve leer, le decíamos lo que disfrutábamos nosotros y cómo disfrutaría ella, la llevábamos a la biblioteca, le regalábamos libros (siempre dejándole elegir dentro de los de su edad), la ayudamos en el proceso de aprender a leer para que cogiera soltura y no se le hiciera cuesta arriba coger un libro… O igual ha sido pura chiripa.

En cualquier caso, y aprovechando que es el Día de las Librerías, os dejo un enlace a esta estupenda fiesta y dos más con consejos para animar a niños y jóvenes a la lectura:

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La realidad como materia de ficción

0002426053EE-1280x1920Hace unos días escribí una entrada en el blog de 140 Comunicació sobre la novela “El adversario”, de Emmanuel Carrère. Es una novela magnífica en sí misma pero, desde mi punto de vista, cobra un interés añadido por estar basada en una historia real. Y es una peripecia vital tan extrema (un hombre que fingió ante todo el mundo, incluidos sus más íntimos, ser quien no era; sostuvo la farsa durante años y mató a su familia cuando intuyó que iba a ser descubierto) que confirma el dicho de que la realidad supera a la ficción.

Por lo mismo, espero leer pronto la última obra de Javier Cercas, “El impostor”. Recrea la vida de Enric Marco, el hombre que hizo creer a todos, durante décadas, que era un superviviente de los campos de exterminio nazis. Cercas afirma en una entrevista en El País que la suya es “una novela sin ficción”. Parece un contrasentido, pero el autor sostiene que en la novela caben muchos géneros y recursos a la vez, y que pueden usarse estrictamente hechos reales (de ahí el término “sin ficción”) y seguir encuadrándose dentro del término “novela”.

Le debo estar cogiendo afición a los textos que bucean en la realidad porque estoy leyendo “Catalanes todos”, de Javier Pérez Andújar. El autor mezcla personajes ficticios con otros reales. Tan reales como muchos de los pasajes que retrata, algunos recogidos en las secciones de Sociedad de los diarios y revistas de la España franquista. En el prólogo a esta nueva y reciente edición (la primera apareció en 2002), Pérez Andújar dice haberse centrado en los sentimientos y vivencias de los personajes inventados “para convertir el libro en una novela o algo por el estilo”.

Volvemos así a la idea de las novelas que escapan a su definición tradicional: la que las ata, bien fuerte y en exclusiva, al concepto ficción. ¿Y por qué gustan este tipo de obras? Quizás porque a menudo leemos para entender las razones de otros, y de paso las nuestras, para ver hasta dónde podemos llegar, para admirarnos u horrorizarnos con los actos de nuestros semejantes. Y qué mejor que una “novela” que trabaja con personas que ya han sido, y cosas que ya han ocurrido, para explorar esos márgenes. ¿Qué opináis?

 

¿Leemos diferente en verano?

portada-la-invencion-del-amorExiste la idea de que el verano lo cambia todo, también nuestro modo de leer, los títulos que elegimos e, incluso, el juicio que emitimos sobre lo leído. Alberto Manguel escribía un buen análisis sobre esta cuestión el pasado julio en Babelia. Aunque empieza señalando la posibilidad de que el lector escoja en verano libros que no seleccionaría en invierno, y que le pase por alto a Dan Brown cosas que no le permitiría en lecturas invernales, al final coincido más con su opinión: no hay libros de verano opuestos a los de invierno; si acaso, somos los lectores los que transformamos en lectura de evasión el libro que escogemos. Nuestro talante los cambia a ellos, y no al revés.

Y es que, si no media un paro de larga duración (esperemos no llegar a comprobarlo), un Sueldo Nescafé para toda la vida (eso ya me gustaría más) o somos críticos literarios, poder dedicarle horas a la lectura sin cargo de conciencia es una quimera excepto un mes al año. Así que nuestra actitud es diferente. Pero yo no elijo libros más ligeros. A veces al contrario: al no tener que aprovechar los trayectos en metro para leer, me atrevo con volúmenes inmensos que, al degustar en casa, no acabarán con mi espalda. Y no sé si huelen a mar e ilumina sus páginas la luz intensa del Mediterráneo (¡toma metáfora!), pero a mí me saben a gloria.

¿Qué he leído este verano? Las tres bodas de Manolita, que comentaré en otro post, y La invención del amor, de José Ovejero, un autor al que no conocía y que se ha convertido en un romance veraniego de agradable recuerdo. Ovejero obtuvo el Premio Alfaguara de novela 2013 con este libro, que dosifica con buena mano la intriga con el desarrollo de la historia, las relaciones entre los personajes y las reflexiones que sobre el amor, el destino, las consecuencias de nuestras decisiones, etcétera se desprenden de la narración.

La trama de novela negra no es tan elaborada como para que quien no disfrute con el resto de ingredientes del libro lo acabe satisfecho. Pero al revés sí que funciona: si gozas con la historia de personajes, el puntito de thriller es un plus. El argumento: Samuel recibe una llamada de alguien a quien no conoce que le refiere la muerte de una tal Clara, a la que tampoco cree conocer. Sin embargo, decide ir a su entierro. Ovejero es de esos escritores que, para mí, reúne las condiciones básicas que ha de tener un autor. A saber: la trama despierta nuestra curiosidad y se sostiene sin incoherencias a lo largo de toda la novela; cuida el lenguaje que, a la vez, nos resulta natural y adecuado a la voz de los protagonistas; y te acerca lo que lees, puedes imaginarte conociéndole a él, o a sus personajes, o a ambos (bueno, a él te da un poco de miedo conocerlo, porque los buenos escritores en el fondo no inventan casi nada, así que sientes que podrían descubrir todas tus imposturas).

Os lo recomiendo. Y no esperemos a un nuevo verano para saltar de nuevo sobre un libro. ¡A por ellos!