Kazuo Ishiguro: los amores no consumados

Acabo de finalizar la estupenda novela Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro. Es el primer Nunca-me-abandones-Ishigurolibro que leo de este autor, aunque no la primera vez que una obra suya me conmueve. Hace años (y recientemente de nuevo) vi la película Lo que queda del día, dirigida por James Ivory y basada en la novela homónima de Ishiguro. Son dos tramas muy distintas en la superficie. Pero comparten, a mi modo de ver, un elemento común: los amores no consumados.

Lo que queda del día está ambientada a partir de la década de los años 30, y narra las vidas de un fiel y recto mayordomo inglés -el Sr. Stevens, interpretado por Anthony Hopkins -y del ama de llaves que entra a trabajar en la mansión donde él ha servido toda su vida -una también magnífica Emma Thompson -. Es una novela realista, costumbrista incluso, que retrata de forma magistral una época y un ambiente: el de la aristocracia inglesa y el de las personas que trabajaban a su servicio.

Ishiguro escribió Nunca me abandones en 2005 y, aunque sitúa la acción a finales de 1990, también en Inglaterra, el mundo que vamos descubriendo tiene unas peculiaridades que no se dieron en los años que refleja. Para no descubrir la trama a quienes no la hayan leído (o no hayan visto la película que Mark Romanek filmó en 2010), solo diré que sitúa la acción, a través de flashbacks, en la infancia y primera juventud de unos jóvenes que sabemos que, por decisión de la sociedad en la que viven, tienen su futuro programado de antemano.

Por distintos motivos, ambas parejas protagonistas no logran vivir con plenitud su amor. Un amor intenso que la sociedad, de distinto modo, les pone trabas para que lleguen a desarrollarlo. También son ellos, a veces dejándose arrastrar por algún otro personaje de las novelas, quienes dejan escapar oportunidades preciosas. La sensación que queda ante ambas historias es arrasadora, pese a la delicadeza, la suavidad (la pasión siempre se muestra contenida) con la que Ishiguro hace avanzar las tramas. Valgan como ejemplo una escena de Lo que queda del día y un párrafo de Nunca me abandones:

“No hago más que pensar en ese río de no sé qué parte, con unas aguas muy rápidas. Y en esas dos personas que están en medio de ellas, tratando de agarrarse mutuamente, aferrándose con todas su fuerzas el uno al otro, hasta que al final ya no pueden aguantar más. La corriente es demasiado fuerte. Tiene que soltarse, y se separan, y se los lleva el agua. Pienso que eso es lo que pasa con nosotros”.

Seguramente, esta no es la entrada más idónea para el Día de San Valentín. O sí. Se puede entender como una llamada a no dejar que el tiempo, ni el amor, se nos escape entre las manos. Si aún no habéis descubierto a Kazuo Ishiguro, también estáis dejando marchar una oportunidad excelente: la de disfrutar de un magnífico escritor.

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Milagro de San Valentín

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Cuando sientes mariposas en el estómago al verle, eso es enamoramiento.

Cuando sientes un escalofrío por todo el cuerpo con solo un roce de su piel, eso es deseo.

Cuando una noche en que te caes de sueño, escuchas su desahogo sobre un día duro en el trabajo, eso es amor.

Si tras media vida juntos, aunque sea solo de tanto en tanto, a veces vuelven las mariposas y los escalofríos, eso es un milagro. ¿Pero quién ha dicho que no existan?

 

Un poema de Carmen Becerra Fuentes

Feliz Día de San Valentín : )

Píldoras sobre el matrimonio

El matrimonio tiene una fama horrible en la literatura, la filosofía y el refranero popular. Pese a ello, somos millones los que decidimos que, o bien los que lo criticaron se equivocaban, o bien que nosotros lo haremos mejor. En cualquier caso, hay que reconocer que es uno de los temas que más ha hecho brillar el ingenio de algunos de los mejores y más inspirados creadores de frases perdurables. Empecemos con mi idolatrado Oscar Wilde y con algunas duras críticas:

“El matrimonio esPastel-de-boda el triunfo de la imaginacion sobre la inteligencia”. Nadie ha demostrado aún que los casados sean menos listos que los solteros, aunque seguro que hay alguna universidad investigando el tema…

Otro clásico de los libros de citas. Woody Allen:

“Unos se casan por la iglesia, otros por idiotas”. Muy ingeniosa. Aunque deja fatal a los que optan por el matrimonio civil.

Un grande entre los grandes, Alexandre Dumas:

“El matrimonio es una cadena tan pesada que para llevarla hace falta ser dos; y, a menudo, tres”. La teoría de que la infidelidad aligera el peso de la cadena es, como se puede ver, muy antigua.

¿Solo los hombres lo critican? Las mujeres también. Un par de ejemplos:

“Mi esposo y yo nunca hemos considerado el divorcio… el asesinato algunas veces, pero nunca el divorcio”, Joyce Brothers (una pareja amiga de las decisiones drásticas…).

“En la antigüedad, los sacrificios se hacían ante el altar. Actualmente, esa costumbre perdura”, Helen Rowland (sin palabras…).

Los hay (o había) que le ven el lado práctico:

“Cásate; si por casualidad das con una buena mujer, serás feliz; si no, te convertiras en un filósofo”, Sófocles.

Otros dan consejos para sobrellevar la institución matrimonial:

“El secreto de un matrimonio feliz es perdonarse mutuamente el haberse casado”, Sacha Gvitry (el perdón siempre es una emoción positiva, qué duda cabe).

“En todo matrimonio que ha durado más de una semana existen motivos para el divorcio. La clave consiste en encontrar siempre motivos para el matrimonio”, Robert Anderson (pues eso, a darle vueltas al coco).

“El matrimonio es tratar de solucionar entre los dos problemas que nunca hubieran surgido al estar solo”, Eddy Cantor (o sea, una vez dentro…).

“Algunas personas preguntan cual es el secreto de un largo matrimonio. Nosotros nos tomamos tiempo para ir a un restaurante dos veces a la semana: la luz de una vela, cena, musica suave y baile. Ella va los martes, yo voy los viernes”, Henny Youngman (le falta aclarar si van solos o acompañados…).

“El matrimonio es una barca que lleva a dos personas por un mar tormentoso; si uno de los dos hace algún movimiento brusco, la barca se hunde”, Leo Nikolaevich Tolstoi (a remar con suavidad…).

Y sí, también hay quien lo defiende:

“Un buen matrimonio es aquel en el que cada uno designa al otro como guardian de su soledad”, Rainer Maria Rilke.

Y mi favorita:

“Un matrimonio feliz es una larga conversación que siempre parece demasiado corta”, André Maurois.

Algunos, después de 14 años, ya empezamos a tener material para escribir un libro. Mientras sigamos conversando, no escribiremos la última página : )

14 aniversario de boda

Una pistola en cada mano

Hace unos días conseguí colar una película de adultos en mi menú cinéfilo, que se nutre de Hotel Transilvania, El origen de los guardianes, Rompe Ralph y otros títulos obligados cuando se tienen hijos menores de 10 años (digo yo que a los 10 podremos ampliar la carta y buscar películas fuera de la factoría Disney). Escogí Una pistola en cada mano porque me gusta mucho el cine de Cesc Gay. Sus historias son cercanas, creíbles, agridulces y, aunque los defensores del cine de género (de acción, policíaco, de ciencia ficción, etc.) me llevarían la contraria, pasan muchas cosas.

No me hace falta ver este tipo de películas para saber que las relacioones humanas en general son complicadas, y las que se dan entre hombre y mujer, doblemente complejas. Pero me gusta verlo en pantalla grande, con buenos diálogos y, como en el caso que nos ocupa, magníficas actuaciones (todos los actores están bien, Cámara, Noriega, Darín, Mollà, Tosar, Sbaraglia, San Juan… pero me quedo con Eduard Fernández, ese perdedor al que, pese a todo, te llevarías de copas o de cena seguro, aunque tuvieras que invitarle porque siempre está apurado de fondos (por cierto, en la película es periodista…).

Ellos están entre perdidos y asustados. Ellas también transitan por los difíciles primeros años de la segunda mitad de la vida, cuando ya sabes que algunas puertas que cerraste (o te cerraron, o que dejaste que se cerraran) ya no volverán a abrirse. También tienen sus problemas (¡oh sí!), aunque se las ve más pragmáticas. Por cierto, grande Clara Segura. Ya me encantó en teatro, cuando la vi en L’Espera.

En fin, que es una buena película. Y que me da coraje saber que seguramente ya no estará en los cines (o en poquísimos) y que se  estrenó en muchas menos salas que cualquier film estadounidense. Y por supuesto con mucho menos dinero para gastar en promoción. Que sí, que hay tremendos peñazos en el cine español. Pero también en el de Hollywood, y en el coreano, y en el francés, el británico…

Que no podemos decir (y menos sin haber ido a verlo, que pasa) que American Pie o Resacón en las Vegas reinventan la comedia y que El otro lado de la cama es banal. O que el último director de moda de alguna cinematografía emergente -que ha rodado un tostón de tres horas lleno de miradas que pretenden decir mucho -es la bomba y que Medem o Rosales son unos siesos. O tragarnos gustosamente todas las películas sobre Vietnam y en cambio quejarnos cada vez que alguien revisita la guerra (o la postguerra) civil española.

Para gustos los colores, pero no está de más dar una oportunidad al talento de aquí. Que haberlo haylo.

Violencia

El 7 de marzo de 2008 escribí este post en un blog que tenía por aquellas fechas. Hablaba de dos tipos de violencia: el terrorismo de ETA y la violencia contra las mujeres. El primero, si nada se tuerce (lo digo cruzando los dedos) ha llegado a su fin. En cambio del segundo hay un goteo continuado de malas noticias. Por eso he recuperado la entrada. La copio a continuación:

Hace unas horas, ETA ha vuelto a matar. Una vez más, alguien ha decidido arrogarse el derecho de decidir sobre la vida de los demás. Da tanto asco, tanta rabia y tanta pena volver a escuchar las palabras de siempre en los noticiarios. “No podrán con los demócratas”, “son sus últimos coletazos”…

Conseguir matar es fácil. No siempre, pero sí si a uno no le importa jugarse la propia vida o si, como en este caso, se elige un objetivo desprevenido. Espero que las manifestaciones de repulsa del lunes sean multitudinarias. Me da miedo pensar que sirvan poco más que para vomitar el cabreo de muchos, para ejercer el
derecho al pataleo.

El problema es que ellos no escuchan. Tienen un discurso de autojustificación que hace aguas por todos lados, pero les vale. Los seres humanos tenemos una capacidad
casi infinita de justificar lo injustificable. Para salirnos con la nuestra y que, pese a todo, no se nos caiga la cara de vergüenza y, sobre todo, para que no se nos desmonte el chiringuito que hemos armado para tirar para alante con nuestras miserias a cuestas.

Estoy segura de que no es muy diferente la película que se explican a sí mismos los terroristas que la que se cuentan aquellos que ejercen la violencia machista. “Se lo merecía”, “se lo buscó”, “no me quedó otra salida”, “es culpa suya”… Lo único que cambia es la respuesta de la sociedad. Hace poco, cuatro mujeres, tan inocentes como el ex concejal Isaías Carrasco, fueron asesinadas por sus parejas o ex parejas.

Laura, María Victoria, Virma y María Jesús eran, al igual que Isaías, gente corriente que no merecía ese final. Nadie llamó a una convocatoria en las calles de todo el país. Quizás pensaron -pensamos- que los de ellas son casos particulares, sin un agresor común. Pero, aunque es cierto que los asesinos eran distintos, el trasfondo es el mismo: un sustrato en la sociedad que lleva a pensar a algunos que sus mujeres son SUYAS, y que cuando se vuelven una presencia incómoda, pueden, como propiedad suya que son, desembarazarse de ellas.

Creo que sólo el día que todos gritemos bien fuerte que son los asesinos y no las víctimas los que no tienen cabida en esta sociedad, empezarán a cambiar las cosas. Son pocos -por supuesto, la mayoría de hombre no son así-, pero son demasiados. Uno solo ya es demasiado. A ver si entre todos desmontamos su coartada (07.03.2008).

Lo sentimos, no se puede simular un embarazo

Las ciencias avanzan que es una barbaridad, y en Japón, aún más. De allí llega un nuevo invento, un simulador de embarazos que promete revelar en unos minutos las sensaciones que vive una futura madre durante los nueve meses de gestación: el movimiento del bebé, su aumento de peso, la presión del feto en el interior del cuerpo femenino…

Supuestamente, serán los hombres los más interesados en probar esta sensación que -y eso es más difícil que cambie, aunque nunca se puede decir nunca jamás -les está vetada. De hecho, ¿no habéis oído decir a más de un hombre eso de “lo que más envidio de una mujer es la capacidad de dar vida”? Seguro que muchos lo dicen convencidos de que lo sienten, y no sólo para aparentar una sensibilidad especial (y
atractiva para algunas mujeres). En los casos sinceros, habríamos
pasado de la envidia del pene que desde Freud todos los hombres saben
que tenemos (es una ironía, pero me ahorro la cursiva), a la envida
de ellos por el hecho de que nosotras podamos parir.

Vaya por delante el hecho de que tener a mi hija ha sido la mejor decisión de mi vida. Pese a todo, creo que los hombres que pronuncian esa frase se olvidan (o desconocen, o minusvaloran) algunos factores que van incluidos en el kit
“Conviértase en mamá”. En primer lugar, aguantar durante unos 40 años el periodo, la marea roja, la regla, la menstruación o como queramos llamarla. Sí, esa revolución de hormonas que, a veces (no siempre, a menudo cuando nos cabreamos con vosotros tenemos razones para ello, ajenas al ciclo del mes en el que estemos) te cambia el humor; y que en todas las ocasiones (en diferentes grados) provocar dolor, hinchazón, etcétera.

Sigamos con el embarazo. Incluso los buenos (el mío lo fue) tienen, cuando menos, algunas de las siguientes incomodidades añadidas: Los brutales cambios en nuestro
cuerpo (temporales que, en el caso de los kilos de más, a veces devienen en definitivos), posibles problemas de falta de calcio, pérdida de visión, diabetes gestacional, piernas como botas, sueño o cansancio (a veces extremos), varices, hemorroides, hipersensibilidad, y alguna me dejo (no todas las sufrimos todas, por
supuesto, pero haberlas haylas, como las meigas). Sin olvidar la falta de comprensión de algunas parejas y entornos laborales.

Llegamos al parto. Miedo, riesgo (cada vez menos, por fortuna), a veces hospitales saturados y personal estresado y poco comprensivo (no fue mi caso), dolorosas
contracciones, rasurado, lavativa, episotomía, epidurales que no llegan a tiempo o de las que se pasa el efecto antes del final, partos que habían de ser naturales y acaban en cesárea (una intervención quirúrgica, que nunca es plato de gusto), etc.

Ya tenemos a nuestro bebé y sí, es cierto, es una de las sensaciones más maravillosas que se pueden experimentar (pero chicos, primero hemos pasado por todo lo otro,
ojo). Y entonces llegan la recuperación (más o menos rápida, según), la lactancia (con las presiones para que sea natural, los miedos a que no suba la leche o el bebé, o tú, no os adaptéis bien, las grietas sangrantes en los pezones sí, al principio duele
y mucho), las noches sin dormir, la cuarentena (a nosotras también
nos gusta el sexo; lo recuerdo por si acaso), el pánico a no saber
cuidar bien de tu pequeño, el lío que se monta entre seguir a
Carlos González, al Dr. Estivill o los consejos de tu madre (de tu
abuela, de tu suegra, de todas tus amigas…) y, para algunas
mujeres, la depresión postparto (para muchas más, una sensación de
estar prisionera en casa, de haberse quedado sin tiempo para sí
misma (los primeros meses, cuesta encontrar tiempo hasta para
bañarse, no digamos ya para ir a la peluquería o tomar un café con
una amiga).

Y cuando todo comienza a normalizarse y
le estás tomando el gusto a estar con tu bebé llega (tras sólo 16
semanas, ¡viva la conciliación en este país!) la vuelta al
trabajo. Un trabajo -si lo tienes y puedes volver, aunque eso daría
para otro artículo -en el que (otra vez la conciliación) no siempre
te dejan (o te puedes permitir) reducciones de jornada (acompañadas
de reducción de sueldo) ni flexibilidad horaria.

¿Que merece la pena pasar por todo
ello para convertirse en madre? Yo tengo claro que me la ha merecido.
¿Que algunos nos tenéis envidia sana? Seguro, pero sólo de la
parte bonita ¿a que sí? Pues, señores, va todo junto. Y no, para el pack completo, no hay simulador que valga.

El triángulo, una forma perfecta en literatura

El triángulo amoroso siempre ha sido una fórmula de éxito en la literatura. Anna, Karenin y Vronsky en Anna Karenina, de Tolstoi; Ginebra, Arturo y Lancelot en la saga del Rey Arturo; Ana Ozores, Víctor Quintanar y Álvaro de Mesía en La Regenta; Constance, Clifford y Mellors en El amante de Lady Chatterley, y así un largo etcétera.

Hay una novela que aborda con maestría el tema del triángulo. Es La mujer justa, del magnífico Sándor Márai. No sólo narra el apasionante triángulo del que son vértices los esposos Marika y Péter y la amante, Judit, sino que les hace hablar a ellos directamente, en cada una de las tres partes del libro. Esto permite descubrir, no sólo los sentimientos de cada uno, sino como cada persona reinterpreta los acontecimientos de su vida en función del filtro de sus sentimientos, su carácter y su posición en la historia.

Márai fue un escritor excepcional, y la profundidad de la que dota a sus personajes es increíble. He leído algún comentario diciendo que el libro es denso. Bueno, no es lectura de evasión, pero no tiene nada de aburrido. Al contrario, recuerdo haberlo devorado y disfrutado mucho, como demuestra que tengo señaladas al menos una de cada diez páginas.

Hay ejemplos mucho más recientes de triángulos, y algunos se han adaptado admirablemente a los nuevos tiempos. Uno de ellos es Contra el viento del norte, de Daniel Glattauer. El libro adopta una de las formas clásicas de la literatura, el género epistolar, pero pasado por el tamiz de la modernidad: Emmi y Leo no se cartean, se escriben e-mails. Es divertido, fresco y está bien escrito. Me parece mejor la primera parte que su continuación, Cada siete olas, pero si leéis la primera, no podréis prescindir de la segunda.

Que las relaciones a tres han sido, son y serán (en la literatura, el cine y la vida) queda claro. La búsqueda de segundas oportunidades, las ganas de repetir la descarga de emociones que se da en los primeros tiempos del enamoramiento (y en el inicio de la atracción sexual) son inherentes al ser humano.

Y, en el caso de la literatura, donde sin conflicto no hay acción, ¿qué mejor desencadenante que darle a alguien a elegir entre dos extremos?