Autorretrato de un joven capitalista español: no recomendada para todos los públicos

Pues no. Autorretrato de un joven capitalista español, creada, dirigida e interpretada por Alberto San Juan, no es una obra para todos los públicos. Si eres un votante convencido de derechas, ¿para qué vas a ir? Nadie paga una entrada para pasar un mal rato. Si eres muy monárquico, tampoco creo que seas el espectador idóneo de este monólogo. Y, en general, si eres de los que prefiere no salir del patio de butacas sobreexcitado, pues tampoco. Porque esta obra te pone a pensar, derriba más de un ídolo y te trasmite la misma sensación que explica el autor sobre el escenario: que todo lo que estamos pasando ahora viene de atrás. Y que muchos no hemos empezado a verlo hasta hace cuatro días (otros continuarán así por mucho tiempo; a veces sin pretenderlo, a veces a conciencia).alberto-san-juan-autorretrato-joven-capitalista-espanolY el caso es que muchos de los datos que arroja San Juan en las dos horas que dura la obra ya los habíamos leído o escuchado (otros no, y oyes como se intercambian expresiones de sorpresa en las butacas de alrededor). Pero así, puestos uno detrás de otro, bien hilvanados (aunque él juegue a hacernos creer que no se sabe bien el texto, que improvisa, que pierde el hilo; y aunque intercale bromas personales) impactan. Al final, nos ha dejado sobre el escenario del Sagarra los libros con los que se ha documentado. No los recuerdo todos (y la batería de mi móvil no me ha dejado fotografiarlos): estaba, por ejemplo, “Los amos del mundo”, de Vicenç Navarro y Juan Torres. O “Mis conversaciones privadas con Franco”, de Francisco Franco Salgado-Araujo, primo del Generalísimo.los-amos-del-mundo-portada

Desfilan por el escenario Kissinger, Rockefeller (reconozco que nunca había oído hablar, por ejemplo, de la Comisión Trilateral), la crisis del petróleo de los 70, el papel del gobierno estadounidense en muchos escenarios internacionales (España incluida), y también los políticos, banqueros, etc. protagonistas de la política y la economía españolas del siglo XX y de lo que llevamos del XXI (también de la catalana). Y hay para todos. Desfilan por la pieza Aznar y Rajoy, González y Zapatero, Carrillo, la prensa, los protagonistas del 23-F (uno de ellos, el general Alfonso Armada, ha fallecido hoy). Lanza San Juan alguna puya que él mismo reconoce que no puede demostrar, porque sólo tiene la palabra de amigos que vivieron alguno de esos momentos. Pero otros datos están en los libros de historia, o incluso en las hemerotecas en boca de quienes los protagonizaron.

La tesis es contada con mucha gracia por el actor (uno de los protagonistas de películas para mí inolvidables como El otro lado de la cama o Una pistola en cada mano) y arranca risas al público, aunque sin dejar de remover en ningún momento. Y viene a ser la siguiente: a esto no hemos llegado por casualidad. En todo momento ha habido gente con poder, de fuera y de dentro, que ha impuesto el camino a seguir. También gente que ha cedido a esas imposiciones unas veces, y las ha aceptado de buen grado otras. Vamos, que nos han escrito el guión. Que Autoretrato-de-un-joven-capitalista-españolalgunos han puesto (o están poniendo) la puntilla en cuestiones como las privatizaciones o la reforma laboral, pero que otro antes dejaron abierta la puerta que lo permitió.

Un panorama feo, feo, del que el propio San Juan se pone como ejemplo contándonos que su época de desahogo económico pasó a la historia. Sin embargo el actor (también autor, director y empreario), uno de los fundadores de la compañía Animalario, no nos deja irnos deprimidos del teatro. Nos recuerda que la gente unida tiene poder, y que las historias no acaban hasta que cae el telón definitivamente. Nos dice que la cosa está magra, pero también nos señala algún resquicio por el que empezar a escapar (la compañía eléctrica Som energia, por ejemplo). Quizás pensándolo mejor, sí que ésta es una obra para todos los públicos. O estaría bien que lo fuera. Yo, modestamente, la recomiendo. Gracias, Alberto.

Una pistola en cada mano

Hace unos días conseguí colar una película de adultos en mi menú cinéfilo, que se nutre de Hotel Transilvania, El origen de los guardianes, Rompe Ralph y otros títulos obligados cuando se tienen hijos menores de 10 años (digo yo que a los 10 podremos ampliar la carta y buscar películas fuera de la factoría Disney). Escogí Una pistola en cada mano porque me gusta mucho el cine de Cesc Gay. Sus historias son cercanas, creíbles, agridulces y, aunque los defensores del cine de género (de acción, policíaco, de ciencia ficción, etc.) me llevarían la contraria, pasan muchas cosas.

No me hace falta ver este tipo de películas para saber que las relacioones humanas en general son complicadas, y las que se dan entre hombre y mujer, doblemente complejas. Pero me gusta verlo en pantalla grande, con buenos diálogos y, como en el caso que nos ocupa, magníficas actuaciones (todos los actores están bien, Cámara, Noriega, Darín, Mollà, Tosar, Sbaraglia, San Juan… pero me quedo con Eduard Fernández, ese perdedor al que, pese a todo, te llevarías de copas o de cena seguro, aunque tuvieras que invitarle porque siempre está apurado de fondos (por cierto, en la película es periodista…).

Ellos están entre perdidos y asustados. Ellas también transitan por los difíciles primeros años de la segunda mitad de la vida, cuando ya sabes que algunas puertas que cerraste (o te cerraron, o que dejaste que se cerraran) ya no volverán a abrirse. También tienen sus problemas (¡oh sí!), aunque se las ve más pragmáticas. Por cierto, grande Clara Segura. Ya me encantó en teatro, cuando la vi en L’Espera.

En fin, que es una buena película. Y que me da coraje saber que seguramente ya no estará en los cines (o en poquísimos) y que se  estrenó en muchas menos salas que cualquier film estadounidense. Y por supuesto con mucho menos dinero para gastar en promoción. Que sí, que hay tremendos peñazos en el cine español. Pero también en el de Hollywood, y en el coreano, y en el francés, el británico…

Que no podemos decir (y menos sin haber ido a verlo, que pasa) que American Pie o Resacón en las Vegas reinventan la comedia y que El otro lado de la cama es banal. O que el último director de moda de alguna cinematografía emergente -que ha rodado un tostón de tres horas lleno de miradas que pretenden decir mucho -es la bomba y que Medem o Rosales son unos siesos. O tragarnos gustosamente todas las películas sobre Vietnam y en cambio quejarnos cada vez que alguien revisita la guerra (o la postguerra) civil española.

Para gustos los colores, pero no está de más dar una oportunidad al talento de aquí. Que haberlo haylo.