A mis madres

Soy una mujer afortunada que antes fue una niña con suerte. Tener tener, tengo una única (y magnífica) madre. Pero crecí en una época en la que la “familia extendida” era una realidad. Además, era bisnieta, nieta e hija de mujeres que habían sido madres jóvenes. Así que disfrutaba a diario no solo de mi madre (sí, con las madres también se disfruta, no todo son regañinas para que comas pescado o hagas los deberes), sino también de mi abuela y de mi bisabuela. Un lujo.

De todas aprendí mucho. Creo que puedo mirarme en el espejo de cada una de ellas; en uno u otro sentido, me parezco a todas: a Mamachón (el apelativo familiar de mi bisabuela), a mi abuela Encarna, y a mi madre Carmen. Mamachón era lista y persuasiva, sabía ganarse a la gente, algo que hacía de modo natural, sin tener que forzarlo. Mi abuela era práctica, honesta y fiel a los suyos hasta el final. Y mi madre… Mi madre es buena hasta decir basta, fuerte, tierna.

Mis hijos no han conocido a sus bisabuelas, y perdieron a su abuela Teresa muy pronto. Eso sí, su abuela Carmen está muy presente en sus (nuestras) vidas, igual que el abuelo Manuel. Le debemos mucho a esa cadena de mujeres que nos da raíces sólidas. No es fácil hacerlo bien. Cuando le toca a una misma, se da cuenta. Y entonces, si no lo habías hecho ya, pones en valor el trabajo de tu madre. Porque no hay empleo más longevo y exigente. Tampoco mejor pagado. Aunque el salario suele ser en sonrisas, en besos y abrazos y en riadas de orgullo materno. ¡Feliz Día de la Madre, mamá!