Mi noche con Sacristán

Primero de todo, que las mentes calenturientas no fabulen con el título. Mi noche ha sido con él sobre el escenario y conmigo en el patio de butacas (y con mi madre sentada a mi lado; más casto todo, imposible). Ese enorme actor que es José Sacristán ha interpretado hoy en el Teatre Sagarra de Santa Coloma ‘Caminando con Antonio Machado’, una obra en la que recita al poeta castellano, acompañado al piano por la magnífica Judith Jáuregui.

Volvían a sonar los poemas de Machado: muy tristes los de la guerra civil; tristísimos hasta la lágrima los del asesinato de Lorca; de una tristeza resignada y serena los referidos a la prematura muerte de su esposa Leonor. Luminosos otros, los que vuelven la vista a su infancia, o a la belleza de España. Cuando estaba en COU, una profesora nos llevó de viaje a Soria para seguir los pasos de Don Antonio. No era un viaje de instituto muy al uso, y pienso que éramos demasiado jóvenes para apreciarlo.

Creo, sin embargo, que en este país viajamos poco. No ya sólo a lugares lejanos, sino a la provincia de al lado. Y así se nos llena la cabeza de tópicos sobre el vecino, que en el fondo se nos parece mucho, pero al que no conocemos. Y así los catalanes somos tacaños y aburridos. Los vascos cerriles e insolidarios. Los castellanos recios y secos. Los andaluces vagos y fiesteros. Los madrileños altivos y centralistas… Al final, no hay dos Españas, sino decenas, y cada una echa, demasiado a menudo, la culpa de sus males a alguna de las otras.

En estos tiempos, malos para la lírica, Sacristán recita este vigente y acertadísimo fragmento:

Todo llega y todo pasa.
Nada eterno:
ni gobierno
que perdure,
ni mal que cien años dure.
—Tras estos tiempos, vendrán
otros tiempos y otros y otros,
y lo mismo que nosotros
otros se jorobarán.

No consuela, pero ayuda a entender que sí, que así es la vida. Que hay que luchar, resistir y buscar formas de iluminar nuestro trocito de camino (y el de los que nos acompañan en él). Una de las mejores lámparas, la cultura, el arte. Yo esta noche, lo veo todo un poco más claro, más luminoso. Gracias, Antonio. Gracias, José. Y ahora, un ‘tastet’ de la obra para quien no la haya visto.

La mala fama de las suegras

Imagen de la película La madre del novioEn el libro “Suite Française”, de Irène Némirovsky, un personaje se compadece de un joven soldado alemán. Éste soldado explica que toda su familia falleció en un bombardeo, rematando con un aclaración: “Murieron todos menos mi suegra. ¡Nunca he tenido suerte!”.  Pobres suegras, la tradición popular las hace acreedoras de todos los males, a poca distancia de las otras grandes malvadas: las madrastras.

Hay experiencias para todo, claro. La mía es muy buena. Mi suegra era un mujer estupenda, que no se entrometía nunca y que, si creía que yo tenía razón en algo, se ponía de mi parte en lugar de ponerse de parte de su hijo (de lo que él se quejaba, pero más en broma que en serio, porque no tenía ninguna duda de cuánto le quería su madre). También mi marido está contento con su suegra. Tanto, que a menudo me advierte que si algún día nos separamos, piensa seguir viniendo los domingos a casa de mis padres a comer paella.  

Es el problema de las generalizaciones. Las suegras sólo tienen algo seguro en común: son madres y tienen un hijo o una hija casado. Ese estatus compartido las pone en situaciones similares (el noviazgo de los hijos, la boda o el irse a vivir juntos, la llegada de nietos…), ante las que algunas respondrán a gusto del yerno o la nuera y otras no. Vamos, como pasa con padres, madres, tías, cuñados… O jefes, otro de esos colectivos de “personas en una misma situación” (en este caso, la de mandar) que no tienen porqué ser iguales ni reaccionar del mismo modo, aunque muchos tendamos a igualarlos. Qué sería sino de los tópicos. Y de los chistes…