Ciudadano Kane: cine y periodismo

Orson_Welles-Citizen_Kane1Imperdonable. No se puede hacer una sección de películas relacionadas con el periodismo y no haber hablado de Ciudadano Kane. Enmendamos el error en el año del centenario del protagonista, guionista y director de tan magnífica película. Como llegamos un poquito tarde, sabemos que no queda nada original que decir, pero tan intrépidas como el editor de periódicos y multimillonario Charles Foster Kane (personaje central de Ciudadano Kane), vamos a intentar dejar huella con esta crítica. Ejem, ejem.

Welles rodó Ciudadano Kane, una película considerada por muchos la mejor de la historia, con sólo 26 años. La fuente de inspiración del guión (desarrollado conjuntamente por Welles y Herman J. Mankiewicz) fue el magnate de la prensa William Randolph Hearst. Una de las historias alrededor de la historia del largometraje es la cólera que generó el Hearst, que prohibió que todos los medios de comunicación que poseía mencionaran siquiera la película.

Ciudadano Kane se ganó su lugar en la historia del cine por muchos motivos… Sigue leyendo el post original.

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“Sostiene Pereira”: una novela sobre el compromiso del periodismo

Como muchos miles de lectores, hay una novela sobre periodismo, pero no solo, sino también sobre la actitud que tomamos ante los hechos que nos rodean, que me impactó hace años. También existe una película, para los que no seáis amanes de la lectura (nunca es tarde para engancharse), protagonizada por el gran Marcello Mastroianni. “Sostiene Pereira” es una novela del escritor, profesor, traductor, y también periodista, italiano Antonio Tabucchi, que falleció en 2012 en su ciudad de adopción: Lisboa.

El Pereira del título es un periodista que había cubierto sucesos y ahora dirige la sección de cultura en un periódico lisboeta durante la dictadura de Salazar. Se declara apolítico y vive una vida tranquila, dedicada a recordar a su mujer fallecida. Cuando el joven Monteiro Rossi entra a trabajar bajo sus órdenes, todo cambia. Le asigna la tarea (sí, se hace) de escribir obituarios de personas célebres aún vivas (es la única manera de que, al día siguiente de un fallecimiento, los periódicos ya puedan publicar extensos artículos sobre el difunto).

Pero Monteiro no escribe los encargos que le hacen, si no sobre personajes de tendencia fascista, a los que denuncia con vehemencia. La presión y la censura se hacen demasiado evidentes ante los ojos del sosegado Pereira, que hasta entonces había elegido no ver lo que ocurría a su alrededor. En su afán por ayudar a Monteiro Rossi, el periodista se implica más de lo que nunca hubiera imaginado en asuntos políticos, y peligrosos. No desvelaremos el final de libro, pero la vida (y la actitud frente a ella) del protagonista da un giro radical.

Los que aún no lo hayáis leído descubriréis a un autor comprometido con su tiempo, presto a denunciar las injusticias, la hipocresía… Una novela que conmueve y remueve, y que no pierde actualidad. Muy apropiada para los tiempos que corren. Y para acabar de convenceros, os dejamos una pieza musical de la banda sonora de la película. Dirige la orquesta el autor de la música, Ennio Morricone.

Tren nocturno a Lisboa: viajar buscando otra vida

Tren-nocturno-a-Lisboa-portada-libroHace mucho tiempo que leí Tren nocturno a Lisboa, de Pascal Mercier. Ha vuelto a mi memoria con la noticia de que Bille August ha dirigido una adaptación del libro (Tren de noche a Lisboa) y que, por las críticas que leo, no sé si me animaré a ver. A los que ya hemos creado en nuestra mente un mundo entero a partir de una novela, suele ser difícil que el film nos parezca a la altura.

La novela tiene dos planos: de una parte, la vida presente del profesor suizo de latín, Raimund Gregorius (Jeremy Irons en la película); de otra, la vida recordada, a través de personas que lo conocieron y de lo que él mismo dejó escrito, de Amadeu Prado, médico, escritor y parte activa en la resistencia contra la dictadura de Salazar en Portugal.

Siempre me han gustado las historias en que el protagonista busca vivir de un modo más intenso, ya sea inventándose una nueva personalidad (ese Gregorio Olías trasmutándose en Augusto Faroni en la maravillosa Juegos de la edad tardía, de Luis Landero), o intentando meterse en la piel de otro, revivir de algún modo su historia, como es el caso de Tren nocturno a Lisboa y de Raimond (Mundus) tras las huellas de Amadeu Inácio de Almeida Prado.

Son libros inspiradores. Nos dan un pellizco que nos recuerda que, si pasamos por la vida adormilados, vamos dejando atrás la oportunidad de vivir en mayúsculas. No hace falta ser espía, ni formar parte de la resistencia para vivir de verdad. Pero sí aprovechar los momentos, no posponer eternamente el comenzar a perseguir nuestros sueños (alguno, aunque sea humilde, que nos haga avanzar). Nos invitan a correr unas veces (tras lo que deseamos) y a parar otras; porque a menudo merece la pena llegar cinco minutos tarde a una cita para escuchar a un músico del metro que, sin saberlo, está tocando nuestra canción.

tren-de-noche-a-Lisboa-cartelPocos tendremos el arrojo de abandonarlo todo para coger un tren a Lisboa tras las huellas de un escritor del que poco o nada sabemos, aparte de que sus palabras nos han hechizado. Tampoco es necesario. Los Amadeu están por todas partes. Y las oportunidades de implicarnos, de ayudar a otros, también. Nuestro entorno, nuestro pasado y nuestro presente, están repletos de historias y personas fascinantes. Sólo hace falta querer verlas.

La novela de Mercier es pausada (que no lenta ni aburrida) y reflexiva. Recoge el pensamiento filosófico de Amadeu (el autor también es filósofo, además de novelista), que Pascal Mercier (pseudónimo de Peter Beri) hilvana con maestría con el desarrollo de la acción. Sólo algunos ejemplos:

Una cosa sé: cuando sucedió aquello con Estefanía, no me sorprendió nada. Esas cosas suceden: que no sepamos lo que nos falta hasta que lo obtenemos, y de repente se pone claramente de manifiesto que era eso.

 

Cuando los otros nos obligan a disgustarnos con ellos –por su insolencia, su injusticia o su falta de consideración–, ejercen un poder sobre nosotros, proliferan y nos devoran el alma, porque el disgusto es como un veneno ardiente que socava todos los sentimientos moderados, nobles y armoniosos y nos roba el sueño (…) porque mientras estamos sentados al borde de la cama con las sienes adoloridas, el remoto causante permanece ileso de la fuerza destructora del sigusto de la que somos víctimas.

Para los que sienten que tal vez ha llegado el momento de coger un tren:

Kazuo Ishiguro: los amores no consumados

Acabo de finalizar la estupenda novela Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro. Es el primer Nunca-me-abandones-Ishigurolibro que leo de este autor, aunque no la primera vez que una obra suya me conmueve. Hace años (y recientemente de nuevo) vi la película Lo que queda del día, dirigida por James Ivory y basada en la novela homónima de Ishiguro. Son dos tramas muy distintas en la superficie. Pero comparten, a mi modo de ver, un elemento común: los amores no consumados.

Lo que queda del día está ambientada a partir de la década de los años 30, y narra las vidas de un fiel y recto mayordomo inglés -el Sr. Stevens, interpretado por Anthony Hopkins -y del ama de llaves que entra a trabajar en la mansión donde él ha servido toda su vida -una también magnífica Emma Thompson -. Es una novela realista, costumbrista incluso, que retrata de forma magistral una época y un ambiente: el de la aristocracia inglesa y el de las personas que trabajaban a su servicio.

Ishiguro escribió Nunca me abandones en 2005 y, aunque sitúa la acción a finales de 1990, también en Inglaterra, el mundo que vamos descubriendo tiene unas peculiaridades que no se dieron en los años que refleja. Para no descubrir la trama a quienes no la hayan leído (o no hayan visto la película que Mark Romanek filmó en 2010), solo diré que sitúa la acción, a través de flashbacks, en la infancia y primera juventud de unos jóvenes que sabemos que, por decisión de la sociedad en la que viven, tienen su futuro programado de antemano.

Por distintos motivos, ambas parejas protagonistas no logran vivir con plenitud su amor. Un amor intenso que la sociedad, de distinto modo, les pone trabas para que lleguen a desarrollarlo. También son ellos, a veces dejándose arrastrar por algún otro personaje de las novelas, quienes dejan escapar oportunidades preciosas. La sensación que queda ante ambas historias es arrasadora, pese a la delicadeza, la suavidad (la pasión siempre se muestra contenida) con la que Ishiguro hace avanzar las tramas. Valgan como ejemplo una escena de Lo que queda del día y un párrafo de Nunca me abandones:

“No hago más que pensar en ese río de no sé qué parte, con unas aguas muy rápidas. Y en esas dos personas que están en medio de ellas, tratando de agarrarse mutuamente, aferrándose con todas su fuerzas el uno al otro, hasta que al final ya no pueden aguantar más. La corriente es demasiado fuerte. Tiene que soltarse, y se separan, y se los lleva el agua. Pienso que eso es lo que pasa con nosotros”.

Seguramente, esta no es la entrada más idónea para el Día de San Valentín. O sí. Se puede entender como una llamada a no dejar que el tiempo, ni el amor, se nos escape entre las manos. Si aún no habéis descubierto a Kazuo Ishiguro, también estáis dejando marchar una oportunidad excelente: la de disfrutar de un magnífico escritor.

Grandes hombres frágiles: Philip Seymour Hoffman

PhilipSeymourHoffmanSept2010Cuando alguien te proporciona grandes momentos, desearías que no desapareciese nunca. Esa es la sensación que yo tenía cada vez que contemplaba una película donde Philip Seymour Hoffman brillaba (a menudo por encima de sus compañeros de reparto). Después de conocer hoy su muerte, el hecho de que nos queden sus películas (entre ellas Capote, por la que obtuvo un Oscar, aunque yo le recordaré siempre por Happiness) podría servir de alivio para los que solo lo conocíamos a través de la pantalla. Pero no puedo evitar pensar en todas las grandes historias que aún podría haber protagonizado.

No hubiera sido ni más ni menos triste que hubiese fallecido por causas naturales. Pero el hecho de que parezca que una adicción (reconocida, y de la que se había tratado) ha sido la causa de su fallecimiento, me lleva a creer que hay personas capaces de hacer cosas muy grandes (ese placer que comentaba que nos proporcionaba a muchos) pero que son frágiles en su vida personal. Como todos, sin duda. Somos los demás los que los subimos a un pedestal y los creemos más fuertes por haber sido capaces de encararmarse allí arriba.

Les envidiamos por su éxito profesional, y por intuir que disfrutan en cada paso de su carrera. En mi caso, tengo tendencia a considerar que quien logra pasárselo bien a través del desempeño de una profesión creativa tiene ganada una parcela importante de satisfacción personal. Pero quedan muchas otras. Y a veces, los huecos se agrandan en nuestra mente o en el balance que hacemos al final del día. No sé qué circunstancias concretas le han llevado a este final. Sí espero que sepa que muchos le echaremos de menos.

Nelson Mandela, invictus: Soy el amo de mi destino

Nelson-MandelaNo he sabido de la muerte de Nelson Mandela hasta que he visto hoy la portada de El País. Mi hija me ha preguntado quién era ese señor del que su padre y yo lamentábamos la muerte. Le he dicho lo primero que me ha venido a la cabeza: que había muerto uno de los hombres más buenos del mundo.

Más allá de sus innegables méritos políticos y humanitarios (la lucha contra el apartheid, por los derechos humanos), siempre me ha sorprendido su historia personal, su capacidad de soportar lo insoportable. Y, sobre todo, su capacidad de perdón. Pero no únicamente eso. Si fuera así, sólo (es un decir…) sería un hombre resiliente y bueno. Además era listo. Supo utilizar su ejemplo y su padecimiento con inteligencia, alejando la ira (que sería muy comprensible que hubiera sentido, y que quizá sintió) hacia quienes le mantuvieron en la cárcel durante 27 años, y utilizando el perdón como un arma práctica que llevó a la reconciliación de su país, Sudáfrica.

Es magnífico que haya ejemplos que callen la boca a quienes asimilian bueno=tonto, o que únicamente vale la pena buscar el bienestar personal, olvidándose de trabajar por el bien común. La muerte de Mandela (o Madiba) ha vuelto a poner en circulación el poema Invictus (que dio nombre a la película de Clint Eastwood, basada a su vez en el libro El factor humano, del periodista John Carlin).

El poema fue escrito en 1875 por el poeta inglés William Ernest Henley (1849–1903). Y no fue un mero ejercicio estético. Era una expresión de su actitud ante las dificultades de la vida. Henley sufrió tuberculosis de niño, tuvo que pasar un año postrado y tuvieron que amputarle una pierna a raíz de la enfermedad. No se hundió, no dejó de hacer cosas. De hecho, él inspiró a su amigo Robert Louis Stevenson el inolvidable personaje de Long John Silver en “La Isla del Tesoro”. A continuación tenéis un fragmento de Invictus donde Morgan Freeman, en su papel de Nelson Mandela, recita el poema que le ayudó a soportar 27 años de cautiverio. Debajo os lo dejo escrito en su versión original y traducido al español.

Ahora el poema completo, pero antes el último verso. Una vez que lo has escuchado, es casi imposible olvidarlo. Más difícil es aplicárselo, pero vale la pena:

“(…) Soy el amo de mi destino:

Soy el capitán de mi alma”.

INVICTUS (español)

Fuera de la noche que me cubre,

Negra como el abismo de polo a polo,

Agradezco a cualquier dios que pudiera existir

Por mi alma inconquistable.

En las feroces garras de la circunstancia

Ni he gemido ni he gritado.

Bajo los golpes del azar

Mi cabeza sangra, pero no se inclina.

Más allá de este lugar de ira y lágrimas

Es inminente el Horror de la sombra,

Y sin embargo la amenaza de los años

Me encuentra y me encontrará sin miedo.

No importa cuán estrecha sea la puerta,

Cuán cargada de castigos la sentencia.

Soy el amo de mi destino:

Soy el capitán de mi alma.

INVICTUS (inglés)

Out of the night that covers me,
Black as the pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
For my unconquerable soul.

In the fell clutch of circumstance
I have not winced nor cried aloud.
Under the bludgeonings of chance
My head is bloody, but unbowed.

Beyond this place of wrath and tears
Looms but the Horror of the shade,
And yet the menace of the years
Finds and shall find me unafraid.

It matters not how strait the gate,
How charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul.

Frases de niños (Lo que aprendo de Sara, IX)

Tu-y-yo-películaHoy empezaremos con el tema “Sara y las relaciones de pareja”. Daban en la tele Tú y yo (en inglés, An affair to remember) la estupenda película de Leo McCarey, con Cary Grant (¡guapo!) y Deborah Kerr.  La veo atenta y le digo que creo que se gustan. Me pregunta por qué entonces no están juntos (en la escena comen cada uno en una mesa del restaurante dándose la espalda). Le comento que ella desconfía de él porque cambia mucho de novia, y suelta “¿por qué no se queda con una sola chica?”. “Porque le gustan varias, Sara, y no es capaz de decidirse por una”. Ella insiste: “que las conozca un poco y luego elija”. Le reitero que igual ni aún así se decide y le pido que proponga una solución. Respuesta: “Con Una plata de enciam…”. O sea, la versión en catalán de “27 y el huevo” o cualquier otra fórmula de echar a suertes algo en los juegos infantiles. Pues sí, a malas…

“Sara y el Pasapalabra”.  Si sigue absorbiendo vocabulario a este ritmo, cuando sea mayor Sara va a poder ir al Pasapalabra (y, con suerte, ella sí se traerá el bote, no como una servidora). Preguntaban en la televisión “Con la C último periodo en el que vivieron los dinosaurios”, y mi hija de 6 años me llama urgentemente para demostrarme que sabe la palabra. Y la sabía. Cretácico… Por cierto que la conoce por una serie de televisión de dibujos animados.

“Sara y la moda”. Hasta este año Sara no me ponía pegas con la ropa. Ahora empieza a preferir unos colores a otros o a intentar conjuntarse, aunque no demasiado comparado con lo que me cuenta alguna otra madre. Sin embargo, hace unos días se cuadró. Le quería poner un vestido (sencillito, lo juro) para ir al colegio y ella se negaba. Al final, me dió una argumentación rotunda: “Mama, ¿por qué me vas a poner vestido? ¡Ni que fuera a ir a una iglesia!”. Avisadas quedáis: los vestidos, para misa (por cierto, que a pocas ceremonias ha asistido ella; no sé de dónde saca esas ideas) y poco más.